La noche más mágica del año revive este martes en playas y pueblos isleños

Cuando cae la noche del 23 de junio, Lanzarote y La Graciosa se transforman. El fuego ilumina playas y pueblos mientras miles de familias y amigos se reúnen alrededor de las hogueras para celebrar una de las festividades más arraigadas del calendario popular: la Noche de San Juan.

Más allá de los asaderos, la música y los encuentros festivos, esta fecha conserva un valioso legado de tradiciones transmitidas de generación en generación. Muchas de ellas, cargadas de simbolismo, mezclan la religión, la naturaleza y antiguas creencias populares vinculadas a la purificación, la salud o el amor.

Entre los rituales más conocidos destaca el llamado “agua de San Juan”. Durante la tarde se recogían plantas aromáticas como romero, malva fina, malvarrosa, pétalos de rosa o sándalo, que se dejaban en remojo durante toda la noche bajo el sereno. Al amanecer, cada miembro de la familia se lavaba el rostro con esa agua con la creencia de atraer la salud, la fortuna y la purificación para el resto del año.

Con una de las ramas sumergidas en el recipiente también se bendecía el hogar, rociando habitaciones, patios y corrales, e incluso a los animales domésticos, en un gesto destinado a alejar las malas energías.

Las jóvenes casaderas tampoco eran ajenas a los misterios de esta noche. Algunas introducían en agua papeles con los nombres de sus pretendientes. Si al amanecer uno aparecía abierto, aquel nombre señalaría al futuro esposo. Otras recurrían al ritual de las tres papas colocadas bajo la cama para intentar adivinar la prosperidad económica de su futuro matrimonio.

La previsión meteorológica también tenía su espacio. Doce pequeños montones de sal, uno por cada mes del año, se dejaban al aire libre durante la noche. Según su estado al amanecer, se predecían lluvias abundantes, escasas o incluso periodos de sequía.

Para los mayores existía otra curiosa tradición. Nada más levantarse, se acercaban al aljibe para observar su reflejo en el agua. Si conseguían verse claramente, pronunciaban con satisfacción una frase que aún permanece en la memoria popular: “Este año ya sé que no me muero”.

Mientras tanto, los pescadores procuraban salir a calar en jornadas señaladas para garantizar pescado fresco durante la celebración. Pejines y jareas secas formaban parte habitual de las mesas en una noche que también se acompañaba de piñas asadas y sardinas al calor de las brasas.

Y cuando el fuego comenzaba a apagarse, llegaba uno de los momentos más esperados: saltar las hogueras. Entre risas, desafíos y deseos, vecinos y visitantes cruzaban las brasas como símbolo de renovación y buena suerte para el año que comenzaba.

Hoy, en pleno 2026, muchas de estas costumbres sobreviven adaptadas a los nuevos tiempos. Otras permanecen únicamente en el recuerdo de los mayores. Pero todas forman parte de un patrimonio cultural que convierte la Noche de San Juan en mucho más que una fiesta: una de las expresiones más auténticas de la identidad popular de Lanzarote y La Graciosa.

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