Las mariposas toman el pulso ambiental al Parque Nacional de Timanfaya
Las mariposas no solo aportan color al paisaje volcánico de Timanfaya. También son uno de los mejores indicadores para conocer el estado de conservación del parque nacional y detectar posibles alteraciones en su delicado equilibrio ecológico. Su elevada sensibilidad a los cambios ambientales las convierte en auténticos «termómetros» de la salud del ecosistema.
Con este objetivo, el Parque Nacional de Timanfaya participa desde 2019 en el programa de seguimiento de mariposas impulsado por la Red de Parques Nacionales, una iniciativa que permite evaluar la evolución de las poblaciones de estos insectos polinizadores y anticipar posibles cambios derivados de la sequía, la pérdida de biodiversidad o el cambio climático.
Los trabajos de campo se realizan dos veces al año, durante la primavera y el otoño, siempre en dos enclaves concretos del parque: la Montaña de Mazo y el Islote del Mojón, uno de los pocos espacios de suelo antiguo rodeados por el mar de lava donde prospera la vegetación que sirve de alimento y refugio para las mariposas.
En uno de estos recorridos, la bióloga Rosa Betancort llegó a contabilizar cerca de 80 ejemplares en poco más de una hora, una cifra que permite obtener información muy valiosa sobre la evolución del ecosistema.
En Timanfaya, el único parque nacional de España de carácter eminentemente geológico, las especies más frecuentes son la Vanessa cardui, conocida como vanesa de los cardos, que representa cerca del 80% de los registros, seguida por Polyommatus celina y Colias crocea.
La vanesa de los cardos protagoniza además una de las migraciones más sorprendentes del reino animal. A lo largo de varias generaciones recorre unos 12.000 kilómetros entre Europa y África, utilizando Canarias como zona de paso e invernada antes de regresar al continente europeo cuando aumentan las temperaturas.
Betancort explica que la presencia de mariposas está estrechamente ligada a las lluvias y a la disponibilidad de plantas donde depositan sus huevos. «Año que no llueve, año que no salen las plantas donde las mariposas hacen su ciclo reproductor», señala la especialista. Mientras los ejemplares adultos se alimentan de néctar, agua y minerales, las orugas dependen exclusivamente de las hojas de determinadas especies vegetales para sobrevivir.
Precisamente esa dependencia de la vegetación y su sensibilidad frente a la contaminación convierten a las mariposas en excelentes bioindicadores. Cuanto mejor conservado está un ecosistema, mayor es la diversidad y abundancia de estos insectos, fundamentales además para la polinización de numerosas plantas y como alimento para distintas especies de aves.
Los responsables del programa recuerdan también la importancia de observar estos insectos sin manipularlos, ya que sus alas están recubiertas por diminutas escamas que les permiten camuflarse, regular su temperatura y encontrar pareja. La pérdida de esas escamas puede comprometer funciones esenciales para su supervivencia, por lo que la mejor manera de disfrutar de ellas es contemplarlas en libertad y dejar que continúen su vuelo.











