El pregón en memoria de Félix Morales abrió los festejos de Los Dolores

Durante la noche del viernes, al socaire de la ermita de Mancha Blanca, los familiares del fallecido Félix Morales Fernández abrían junto al alcalde de Tinajo, Jesús Machín, los festejos en honor a Nuestra Señora de Los Dolores.

Ante una plaza repleta de público, entre el que encontrábamos a las principales autoridades insulares, este fue el pregón leído por la hija de Félix Morales, María Araceli Morales Rodríguez, que realizó de portavoz de la familia en esta apertura de las celebraciones de la patrona de Lanzarote.

“Excelentísimas autoridades, señoras y señores, estimados convecinos.

Qué difícil estar aquí ante ustedes, qué duro asumir el fatal desenlace que ha espoleado este honor que se ofrece a Félix Morales Fernández, a su memoria, de pregonar las fiestas de Nuestra Señora de Los Dolores, celebración mayor de su pueblo, de su isla, de su tierra.

Merecen todos saber que esta invitación fue inicialmente rechazada, no por considerarla inapropiada, en absoluto; sino, como podrán comprender, por una mezcla encontrada de sentimientos. Pero recapacitamos, lo pensamos de nuevo y su mujer y sus hijos concluimos que ‘de bien nacidos es ser agradecidos’ y que no había razones para negar algo cuyo destinatario ni siquiera éramos nosotros, sino quien hasta hace unos meses fuera marido, padre y amigo y dejara un grato recuerdo en no pocas personas.pregón los dolores

Ciertamente, no hallamos motivos para rechazar aquello que nacía de la mejor de las intenciones y del cariño más sincero. Y cambiamos de parecer. Y aquí me hallo hoy, como portavoz familiar. Por eso, antes que nada: muchas gracias al Ayuntamiento de Tinajo, y, especialmente, muchas gracias a su alcalde Jesús Machín, a Suso, por su animosa y sentida invitación, nacida del gran cariño que él y mi padre recíprocamente se profesaban.

También, cómo no, muchas gracias a todos ustedes, que se hallan aquí en esta tarde de septiembre.

Y si difícil ha sido aceptar este pregón en honor a nuestra querida Virgen de los Volcanes, no lo es menos afrontar el reto de que su hilo conductor sea el vínculo innegable de mi padre con esta fiesta. Pero allá vamos. Comencemos por el principio.

Aunque su memoria no alcanza para alumbrar con exactitud el germen de este lugar, con la ayuda de la historia sí podemos hacernos una idea aproximada. Sabemos que en el nombre de Mancha Blanca resuena el eco de una aldea antigua que fuera sepultada por los volcanes hace casi tres siglos, una aldea que luego fuera rehecha en el espacio presente por gentes, mayormente humildes, que, como rezan las crónicas antiguas, “sin tener en donde sitiarse ni en donde sembrar ni un puño de pan”, tuvieron arrestos suficientes para plantarle cara a la voracidad de la naturaleza.

De esos esforzados pobladores primigenios es hija Mancha Blanca, también Tinajo y buena parte de Lanzarote. Y aquí, a apenas unos pocos cientos de metros, nació mi padre, hijo de María y de Gregorio, hermano de Rosa, de Juan, de Trina, de Carmen, de Goro y de Blasina. Y en torno a este punto de encuentro para el pueblo conejero hubo de criarse y corretear, asumiendo como propio un territorio físico y sentimental en el que siempre estuvo y que fue parte omnipresente de su vida, como de tantos otros.

pregón los dolores 2016
Es probable que sus ojos de niño de 5 años viesen con asombro entrar en esta misma plaza —según contaba la prensa de la época— “una cabalgata de camellos enjaezados a la usanza del país y a la luz de multitud de bengalas”.

Es probable que su emoción adolescente supiese que comenzaban las fiestas cuando fuese testigo de que a Los Dolores —como poetizara Luis Fajardo Hernández— “han llegado las ruletas / y las cajas de turrones, / y alguna que otra parranda / de los más madrugadores”.

Es probable, también, que en su primera juventud se bebiera a sorbos la atmósfera festiva de una plaza inundada por miles de peregrinos, peregrinos que —tal y como dejara escrito por entonces el periodista Guillermo Topham—, llegaban “utilizando todos los medios disponibles de locomoción, [procedentes] de los lugares más recónditos de Lanzarote, [hasta] una plaza atestada de ventorrillos, donde se despachaban tapas y comidas típicas…”.

No es en balde, queridos amigos, esta referencia a los ventorrillos de Los Dolores, que son algo más, que son mucho más, que meros elementos para sacar pequeños réditos monetarios a unas fiestas populosas. Al contrario, acaso los ventorrillos representen como pocas otras cosas el espíritu comunitario de todo un pueblo y sean hasta casi una seña de su identidad.

Pues se convierten durante unos días en parada y fonda de grandes y de chicos, de creyentes y de quienes no lo son tanto, de lugareños y de visitantes, haciendo posible un plural ecosistema humano presidido por la familiaridad, aderezado por la camaradería.

Y si hay algún ventorrillo que, en Los Dolores, representa esto de que hablamos, ése es el ventorrillo de la casa, la casa de los recordados seña Ángela y seño Manuel, de María Dolores y de Pancho, una casa sin cuyo ventorrillo estas fiestas no se entenderían del mismo modo; una casa que, durante el año, es vigía del santuario y, durante las fiestas, epicentro del reencuentro popular.

En esa casa, precisamente, se estrenó mi padre desde muy joven como ventorrillero, desempeño efímero que, sin embargo, también es casi un arte. Cualquiera que haya estado detrás de una barra de madera, cubierta por una techumbre de cañizos sostenida por puntales enramados con hojas de palmera y enterrados en bidones rellenos de picón, lo sabe.

En ese lugar, junto a sus hermanos, fue adoptado como ventorrillero, probablemente bajo la recomendación de sus cuñados Fefo y Manolo, criados ahí mismo y también, cómo no, de estirpe ventorrillera.

Era aquel un ventorrillo que irradiaba el aroma verdadero de la fiesta; en cuya trastienda no sólo se preparaba el adobo de la carne de cochino o se disponían los pulpos para la plancha sino que, también, se hacían dulces como las típicas piñas de manises, mantecados y otras exquisiteces propias de las fiestas de antaño; trastienda en la que las mujeres llevaban la voz de mando, alejadas del campo de batalla de la barra y de las mesas; un ventorrillo que se nutría de calderilla para sus clientes cambiando con el cura el cepillo de la iglesia, que era punto de encuentro para peregrinos, feriantes, artesanos, para gentes de toda condición y procedencia que durante unos días compartían sus vidas en torno a la plaza de Dolores…pregón los dolores 2016

Un ventorrillo, el de la casa que, sin duda, creó escuela; y que, también sin duda, convirtió a mi padre sin pretenderlo en maestro de ventorrilleros, singular oficio que compartiría más tarde con sobrinos e hijos detrás de la iglesia, donde, como algunos recuerdan, implantó la costumbre de invitar a todos los clientes, ya acabada la fiesta, a un sancocho colectivo.

Hacía ya unos buenos años que había ‘colgado las botas’ del menester ventorrillero; sin embargo, eso no era tan así, pues su hijo pequeño y varios amigos prosiguen la tradición, y habían hallado en mi padre un consejero desprendido e incansable que valía un potosí: lo mismo les marcaba las vigas para levantar la estructura de un año para otro con más facilidad que les venía a abrir tempranito el Día de Dolores ‘para que la gente de siempre que viene a Mancha Blanca a primera hora no se encuentren la plaza vacía”.

Lo mismo, mientras ellos descansaban, les adecentaba el entorno después de una noche previa de marejada festiva que se levantaba de la cama de madrugada para cruzar con mercancía de repuesto una plaza atestada por miles de romeros. Sin pesar alguno. Creo que sí, que este año también en La Guayabera lo echarán un poquito de menos.

Y si no hay fiesta sin ventorrillos, tampoco la hay sin campeonatos de juegos tradicionales. En este punto atiendo al testimonio de mi madre que, retrotrayéndose más de cuatro décadas, señala que no recuerda a mi padre sin estar siempre enredado con la organización de los torneos de napolitana, de envite, de bola, de dominó…; y no sólo en Dolores, también en otras fiestas del municipio.

Apuntaba en papeles variopintos o en su cabeza los numerosos equipos que se iban inscribiendo y luego en casa dibujaba cuadros y diagramas en grandes cartulinas que guiaban el discurrir de la competición, cuyos sistemas de enfrentamiento y eliminación dominaba al dedillo, proponiendo el que consideraba más adecuado en función del número de participantes y la modalidad de juego.

Llegados a este punto he de confesarles que, en los últimos años, la cosa con los campeonatos se le fue un poco de las manos, por culpa también de la tecnología, que no siempre facilita nuestra vida. Lo digo porque en épocas de torneo el móvil no paraba de sonarle a todas horas: primero no sé quién para que por favor le cambiara el partido, que ese día no iban a poder; luego otro para decirle que se iban a retrasar; al ratito alguien más para preguntarle que con quién le tocó el cruce…

Ante tal rebumbio, mi madre levantaba el beso y, sin palabras, le hacía ver que tremendo trabajito; mi padre la miraba y sonreía; era lo que le gustaba, y pienso que a mi madre, en el fondo, también le daba vidilla el asunto.pregón los dolores 2016
Sé que mucha gente recuerda a mi padre, sobre todo, como alguien que se esforzó por el deporte en Tinajo. Y así fue. En este aspecto, su querencia por el fútbol fue primordial. Tras jugar en varios equipos de la capital siendo apenas un adolescente, animó la conformación en el pueblo de los primeros equipos más o menos organizados a finales de los 60, creándose uno de ellos precisamente aquí en Mancha Blanca, ayudado por el cura de entonces, don Facundo, y acompañado de Blas Cuba, Marcial Díaz, Paco Parrilla, Isidoro o su propio hermano Juan, que debía de estar privado porque parece ser que vestían los colores del Atleti.

El historiador del deporte isleño Pepe Márquez, a la sazón gran amigo suyo, lo señala como uno de los promotores, varios años después, del Club de Fútbol de Tinajo, con Tomás Toribio y Marcial Fernández, dejando escrito que “Félix Morales ha sido un hombre importante del deporte en Tinajo”.

Si lo fue, sepan ustedes que lo hizo sencillamente porque le apasionaba. A ver cómo si no es posible compaginar su vida de recién casado y una familia en crecimiento; atender la carpintería que había montado con su hermano Goro —donde construyó las primeras porterías del campo de Maramoya y en la cual formó en el oficio a algún que otro sobrino—; entrenar a los primeros equipos de niños organizados para que la llama futbolística ya no se extinguiera; jugar y hasta dirigir simultáneamente en algún momento al equipo regional; y, si no había bastante, ejercer, desde las primeras elecciones democráticas tras la Transición y durante 28 años ininterrumpidos, como concejal electo de su pueblo.

Pero hubo más, ya lo creo, y la lucha canaria no tardó mucho en sumarse a tan concurrida ecuación. Tras varios altibajos, a principios de los 80, y ya asentada una competición formal en la isla, una nueva hornada de treintañeros dio un paso al frente para sostener nuestro deporte vernáculo en el pueblo y tomó las riendas del Club de Lucha de Tinajo. Y allí se encontraba mi padre, con Antonio Félix, Ignacio, Juan José el Pollo, Pepe Rodríguez, Faustino Morales, Mingo, Pedro Tavío, Tomás Guerra, Paco el zurdo, Tomás Delgado o Manolo Hernández (disculpen porque seguro se ha quedado alguien en el tintero).

Ahí comenzó un periplo que le llevaría a presidir el club de lucha durante casi un cuarto de siglo; un periplo que incluso tuvo algún capítulo muy cerquita de aquí, en la llamada Plaza de Toros de Dolores, cuyo espacio está hoy ocupado por la Feria de Artesanía y donde se realizó alguna que otra luchada; un periplo que, gracias a la destreza de los luchadores y el tino de sus mandadores, llevó al Tinajo a medirse a los más grandes de Canarias; un periplo que, por fortuna, y gracias al empeño de otros jóvenes apasionados, hoy sigue surcando los terreros.

Para no aburrirles no les detallaré sus peripecias en la práctica e impulso de la bola y petanca en el pueblo, otra pasión desde su misma juventud, ni del club, el Tinache-Tinajo, que ayudó a fundar y presidió durante 17 años, hasta su último día.

Ni tampoco de su implicación en el funcionamiento de la recordada Sociedad Círculo de Amistad 7 de Julio, la Sociedad de Tinajo, a la cual dedicó no pocos esfuerzos con otros entusiastas tinajeros y la cual también presidió en algún periodo de su trayectoria.

Ello no haría más que corroborar el parecer de mi madre, quien mejor lo conoció, quien mejor lo comprendió y, en el buen sentido, quien más lo sufrió, cuando resume certera: “Toda la vida lo conocí metido en jaleos, con traquinas, con carreras…”.pregón los dolores 2016

Así es, Virgen de los Dolores, pregona hoy tus fiestas la memoria no de un beato, pero sí de un devoto de lo que simbolizas para este pueblo; de un devoto de tus fiestas entendidas como elemento que fortifica los lazos colectivos; de un devoto del bullir de su comunidad; de un devoto impenitente de sus amigos y vecinos.

Vecinos, muchos de los cuales lo conocieron y pueden atestiguar todo lo relatado; amigos, todos los cuales lo apreciaron y también recibieron su afecto, con sus virtudes y defectos. Han sido muchos, muchísimos los que en estos meses difíciles nos han arropado, Nuestra Señora, con innúmeras muestras de cariño, de cada pueblo de esta isla y de otros muchos lugares del archipiélago y más allá.

Alguien que paradójicamente apenas lo trató un par de veces, lo calificó como un ‘verdadero relaciones públicas’ de su comunidad, de su isla. No es mala definición: en verdad fue un anfitrión y un embajador a ras de pueblo, que nunca se sujetó a otro protocolo que no fuera el de la espontaneidad, la sencillez y la franqueza.

Nosotros, su familia, te aseguramos, Virgen de los Dolores, que en su memoria se llevó intacto este espacio en torno al que nos congregas, y una inabarcable fortuna en forma de amistades que, en buena medida, también tú hiciste posible.

¡Viva Tinajo, viva Lanzarote, viva la Virgen de los Volcanes!”

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